
Ha de ser la lucha que más cansa de todas. Ese andar pesado de la cama al baño, aún drogado por el efecto de unas sábanas demasiado apegadas al cuerpo y a la cara; esa luz grisácea que se cuela entre las cortinas y crea una línea en el suelo que sigo con los pies, intentando no desviarme del camino que lleva al baño. Me encuentro otra vez conmigo mismo y examino las curvas de mis ojos, el pelo o los ríos del cuerpo. Se cuela, de golpe, la imagen de lo que ha hecho el pasado de mí, todos los cambios que he vivido o estoy viviendo. El espejo, transición hacia la ducha reparadora y el agua que combate la deshidratación del alcohol y el sudor secuestrado de la noche. El espejo, paso previo a la rutina. El pijama que cae al suelo, los pies descalzos y el vaquero enjaulando los pelos de las piernas y transformándose en la nueva piel del muslo.